Freud y Marx
la sociedad del espectaculo
miércoles, 15 de agosto de 2007
el siglo XX hubo un ejemplo de niño marginal y “delincuente”, encarcelado en varias ocasiones y posteriormente reconocido como “poeta”, que intentó dar a conocer al público de la comunicación de masas el punto de vista de la infancia criminal castigada. Nos referimos a Jean Genet, quien a los 36 años intentó transmitir su personal visión acerca del tema en una emisión radiofónica que finalmente no salió al aire. Posteriormente él mismo se encargo de poner dicho material por escrito . Este material resulta muy interesante para nuestro análisis puesto que se trata de un discurso lo más cercano posible a la experiencia de la infancia (de una infancia que sufrió el castigo y los intentos de “rehabilitación” por parte del mundo adulto), tal como es recordada por un adulto que siguió siendo “marginal” en relación a los valores sociales dominantes, y que tanto por su contenido como por su forma resultó intolerable por la sociedad de su época, al punto que fue suprimido su intento de existencia en la industria cultural y de los medios de comunicación de masas. En esta alocución, Genet parte por explicitar -y disculparse por- la emoción que le provoca “exponer una aventura” que fue también la suya. Atribuye a algún error el que se le haya dado la posibilidad de poder dirigirse al público, y, de manera clara manifiesta: “hablo en el vacío y en la noche, sin embargo, aunque esto quedase únicamente para mí, yo quiero insultar a los que nos insultan”. De esta forma, su identificación con la infancia que tuvo y que continúan viviendo otros niños, le permite expresar precisamente la voz más silenciada dentro de los “sin voz”. Desde ese punto de vista que casi nunca tiene ocasión de ser expresado, Genet le informa a los miembros de la sociedad que “el niño criminal es aquel que ha forzado una puerta que da sobre un lugar prohibido”, que “lo que los conduce al crimen es el sentimiento romántico, es decir, la proyección de sí más magnífica, la más audaz, la más peligrosa de las vidas”, y explica: “Lo traduzco por ellos, pues tienen el derecho de utilizar un lenguaje que los ayude a aventurarse”. Al describir su labor como de “traducción” y no de “representación”, Genet se sitúa en las antípodas de las distintas variedades de adultocentrismo, y es fiel a la experiencia individual y colectiva de la infancia, a la que no trata de sustituir con su voz propia. Parte importante del mensaje de Genet se refiere a la realidad de los recintos donde son encerrados los niños, y a lo absurdo que desde el punto de vista de ellos resultan las pretensiones “dulcificadoras” de quienes pretenden rehabilitarlos y reeducarlos a través de “una crueldad más íntima (…) una crueldad en pantuflas”. No vacila en comparar esta realidad con la muy publicitada realidad de las torturas, detenciones y ejecuciones de la ocupación nazi, pero, tal como señala, “ninguna persona está alertada de que desde siempre en los presidios de niños, en las prisiones de Francia, los torturadores martirizaban a los niños y a los hombres”. De manera subversiva, Genet no clama por una ‘humanización de la tortura’, sino que nos dice que el niño delincuente “desea el rigor (…) exige que su punición sea sin dulzuras”, que “dentro de sí mantiene el sueño de que la forma que tome el castigo sea la de un infierno terrible, y la casa de corrección un lugar del mundo desde donde no se vuelva. Es cierto, no se vuelve”. Evidentemente se trataba de un mensaje demasiado perturbador, como golpe duro de realidad, para los estándares de lo aceptable en los términos del sentido común y de la industria de la cultura de la época. Genet llega incluso a atacar la ambivalencia de dichos parámetros: “Vuestra literatura, vuestras bellas artes, vuestras diversiones de después de cenar, celebran el crimen (…) Sin embargo, los héroes que pueblan vuestras tragedias, poemas, vuestros cuadros están hinchados, son el ornamento de vuestras vidas a la vez que despreciáis a sus modelos desdichados. Hacéis bien: ellos rechazan vuestra mano tendida”. Además, Genet apunta al centro de la hipocresía social cuando dice: “yo sé bien que la moral en nombre de quien ustedes persiguen a los niños, no la aplican mucho (…) ustedes tienen poca fuerza para librarse enteramente a la virtud, o enteramente al mal. Ustedes predican una y niegan la otra, de la que, sin embargo, sacan provecho. Reconozco vuestro sentido práctico. ¡Pero no puedo celebrarlo!”. Así que como mensaje hacia los auditores, Genet dice no tener nada que aconsejarles: “No quiero inventar ningún dispositivo nuevo a favor de la sociedad a fin de que se proteja. Le tengo confianza: sabrá bien, completamente sola guardarse de los graciosos peligros que son los niños criminales”. En cambio, entrega un mensaje a estos niños: “Les pido que no se avergüencen jamás de lo que hacen, que conserven intacta en ellos la rebeldía que los ha hecho tan bellos”, y se manifiesta convencido de que “a la belleza de los más viejos truhanes que ellos admiran” la sociedad nunca podrá oponerle “más que vigilantes ridículos, limitados a un uniforme mal cortado y mal llevado” .Dicho opúsculo, “L ´enfant criminel”, fue editado en Francia en 1956. Hasta hoy no existe una edición en español. El texto, aparentemente íntegro, es incluido en la Introducción a Flesler y otros (2003), aunque con comentarios insertos en medio del texto original.Todos estos extractos fueron tomados de la “Introducción” a Flesler y otros (2003). También en Donzelot (1990, pp.142 a 144) se encuentran alusiones a este episodio, y se mencionan dos textos posteriores basados en el de Genet. Cabe agregar que idealmente Genet proyectaba, además de poder leer su texto, interrogar a un director penitenciario, un psiquiatra oficial y un juez, para invertir la relación interrogador-interrogado.
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1 comentario:
Es que a él,lo encarcelaban por que lo descubrían teniendo relaciones con hombres,en baños o confesionarios.
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